Sunday, September 30, 2018

Septiembre y la pasión de Chile

Un mes es un día. Un año es un día. Para toda la vida. Mantenerse despierto y en guardia.

Estamos escribiendo dos historias todo el tiempo.
La historia de la eternidad.
La historia de la extinción.
Aunque, no.
Se escribe, se resiente.
Se escribe sobre las piedras.
Hasta que no se cristaliza, solo hay gestos de escribir. Como tentativas. Ambas historias son cuando las piedras lo muestran. Así es como el arbitrio de todo está en las piedras. La historia es lo que no se puede incendiar. En la eternidad no solo la vida, sino la victoria de la risa. En la extinción no solo la muerte, sino la biografía del daño. En una vereda, el placer organizado. En la otra, el calvario. En un costado, mesas con la cornucopia al centro. En el otro, no me vayas a matar por favor.
La historia es conflicto.
La historia de los pueblos es extinción y eternidad.
Creemos en las profecías.
Y en los antagonismos.

Todos los libros de historia, los lugares a dónde quieres ir. La epopeya de tu vida.

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29-30 de septiembre de 2018

]La pasíon de Chile. Un poema para cerrar este septiembre que adquirió mayor conciencia de sí mismo. Acá el tiempo importa. No solo por la memoria, las ganas de concentrar lo que resiente, sino por los lugares adónde no queremos volver. La historia. Sí, eso. Este septiembre con más golpes abajo. En la lucha contra el dolor, hay voces que han quedado en las piedras. Poemas inmortales que denuncian no solo al dolor, sino a los que lo auxiliaron un día que la ciudad se convirtió en la guerra. La cosa no es los estos o aquellos. La cosa es denunciar que estar en el bando del dolor es deleznable e indigno de imitación. Qué es una locura estar con el dolor para calmar un poco la existencia.  Y qué es una locura mayor convertirse en el pastor de las ovejas. Este poema de Hernán Montealegre no es el mejor de los que se escribió sobre la dictadura, y probablemente sus características estéticas no tendrán el más excelso de los méritos, pero en este momento me dice mucho. No solo por su lenguaje claro que proclama en el ritmo del poema, sino por la capacidad de aceptar un habla propio. Quizás no sea tan bueno limitar la voz, pero un poema es, a la vez, un universo, una historia, un big bang que se cristaliza en una página y cuya ocurrencia eternamente retorna. Y un poco más de sinceridad estos días me hace bien. La cuestión es política, pero, al mismo tiempo, es confiar en el otro en la lucha contra el dolor. Qué es como un poco el relato de Abel y Caín. Lo más extraño de todo es que el mayor dolor de septiembre reinició todo. Nos trajo al mundo antiguo para explicarnos como seguir y qué hacer para golpear la historia de la extinción. Quizás es probable que mi afinidad con este poema no radique en todo lo que dije, sino en algunas cosas que comparto con el mismo Montealegre. Desde los tiempos en la escuela de derecho hasta ese tipo de lenguaje escrito que impregna lo cotidiano[

/compartido en redes sociales


La pasión.

Padecer. A mí me lo hacen. La pasión es una afición donde somos principiantes. Sufrir. El antagonismo de goce y dolor. En todo. La pasión es un ejercicio de publicidad del yo. Ser apasionado. Estar apasionado. El dolor nace cuando no se alcanza el placer. El intento cuenta como una vergüenza. Ahí está lo penitente. Todo se reduce a un momento en que las cosas se concentran. Una actividad. En ese momento, una prueba. Todos se están probando algo a sí mismos. Por cada instante. La pasión es una pasión, porque en algún momento dolió y en algún otro, dolerá. Lo eventual nombra. Y quizás para uno hacerlo bien es digno de aplauso. Sobre todo si las circunstancias son una lucha contra el dolor. Mucho importa tener un nombre.

La pasión. 

O quizás un intento desesperado por colmar un universo. El de una pregunta que va y viene, que es azuzada por las banderas flameantes detrás de la ventana, que es embrutecida por las conversaciones con otra lengua, que es pisoteada por los contornos de aferrarse a la tierra. O quizás más allá: el sobrecogedor miedo de no tener nombre. Duele el desarraigo. 

O quizás toda esta vida es resentir el dolor de existir.
Y negarlo todo.  
Se resiente el dolor de existir, pero la vida ofrece la posibilidad de estar frente a frente con el dolor. 



El dolor no es una excepción a la vida, sino la crea. Lo horrible: tiene tantas formas como ella.

/

El cuerpo y la mente son lo que más duele.
Duele pensar en el dolor del cuerpo.
En el de los demás.
Lo eventual ocurre.
Duele a la distancia.
Su documentación nos mantiene despiertos.

Un día duele por todos los días.
Porque hay traición. Porque otro se alió con el dolor. Y no.

/

La pasión de Chile es tener cuerpo.
Septiembre hace el tacto. 
La pasión es agonía.
En el campo de batalla habían dos enemigos.
Esperaba ver al dolor.
Pero nunca a uno como yo.
Chile es otro capítulo en la historia de la extinción.

Saturday, September 15, 2018

La mirada obsesiva

Lo que nos obsesiona zurce una pequeña historia natural en el tiempo. Su contenido es o un camino a la desaparición ajena o un precipicio a la destrucción propia. Cuenta con tramoya, escenografía, actores y un director, probablemente la estructura básica de toda representación. Una obsesión pone en marcha un relato, en cuyo centro se produce el deseo. Dado ese margen, es posible callar o gritar. La expresión es necesaria.

Para el que calla, el silencio impulsa el despertar de un intervalo lúcido, de una transformación del tiempo cuantificable (cronos) en el momento oportuno en que algo sucede (kairós). El grito si bien es un acontecimiento, es decir, una disrupción en la continuidad del mundo frecuentado, su razón última es lo público. En algún punto podría no llegar a distinguirse entre ambos. Al final, con la obsesión siempre pasa algo. 

Y lo que nos obsesiona no es sino una concentración de cosas que se desconcentran reconfigurando un núcleo. La obsesión es una herida de apertura fácil. Por ahí, se respira, se vive el recuerdo, afloran las carencias. En fin: se fabrica lo real. Vale decir, lo que no es imaginario ni permanece en el simbolizar, más bien la zona tangible de un estado de cosas. En el momento que no es actual, la obsesión deviene imagen y símbolo, se congela y queda al arbitrio de la distorsión que deja el tiempo.

La historia del arte tiene una considerable cantidad de ejemplos sobre obsesiones creativas. No vale la pena sobreabundar en lo que los motores de búsqueda como google y los repositorios como wikipedia pueden mostrar. Estoy pensando en el caso de Lina Franziska Fehrmann (Fränzi) en el expresionismo alemán. Hace cinco años, por los pasillos del Museo Thyssen-Bornemisza en Madrid, entre gestos cristalizados y océanos pigmentados e intensos, se me reveló su aura.

Fränzi, vor geschnitzten Stuhl (Fränzi ante una silla tallada) es una pintura de Ernst Ludwig Kirchner que se enfoca principalmente en una niña sentada cuyo semblante cautiva. Proyecta un uso exuberante del color y una perspectiva binaria de la infancia, tanto escéptica como desafiante. La obsesión en este plano de significación es, por una parte, la silueta autónoma que representa y; por otra, el sujeto del sujeto que se apresta a nacer entre sus costuras.

En el retrato, la obsesión o lo que obsesiona es el núcleo. En la pintura a la que me he referido, los ojos de Fränzi son puesta en escena y juego entre los elementos interiores y exteriores de la exposición de un sujeto. La obsesión, entonces, pone a ese sujeto en relación con lo que semeja, lo que evoca y lo que mira. Se saca su presencia hacia afuera, construyéndose una ausencia propia. La obsesión se ocupa cuidadosamente de los rasgos de su objeto y de que su característica más intensa –en el cuadro, la mirada– la inmortalice.

De la obsesión puede brotar vida más allá de la vida. Crear un espacio, donde lo retratado, ese nuevo sujeto, pueda habitar junto al retratador u otras presencias puestas en el lienzo, en la idea, en el poema, etc. El nuevo sujeto emerge como un yo revitalizado; no aparece a merced de la memoria ni hace gala de la distancia, sino que hace próxima la ausencia y la pone en constante tensión. El nuevo sujeto puede ser una metáfora, un proceso de flujos o sencillamente, un rito que reinicia el relato. El retrato es la muerte de su autor, aunque su obsesión pervive; inscribe una cartografía de la inspiración y escribe una autotanatografía del deseo.

Trato de decir que la obsesión produce un nuevo sujeto o, en el sentido de Blanchot, una zona de desastre. A través del deseo de los trazos, se formula una fisura que reconstruye y, en el caso de quien se obsesiona y crea, no se genera un yo fisurado. El desastre habla a través del pincel, del lápiz y desde el soporte. Ahí reside lo impresentable, esto es, lo que no requiere presentación. De los retratos de Fränzi nace una hermana que nunca tuvo: Marzella, una variación silenciosa (véanse otros cuadros relacionados del mismo pintor).

La obsesión, de una presencia que se refleja a sí misma, deviene en una ausencia a la que nada falta. De acuerdo con Lévinas, el hecho primero de la significación se produce en el rostro. Y en ese espacio, está la mirada del ojo no como receptor, sino como emisor. No hay retrato pasivo.

La silla con forma humana o la imagen de un cuerpo sobre otro, posibilita el hablar de una subjetividad más allá del sujeto. Aquí el cuerpo ocupa tres lugares: la necesidad, el deseo, que se oculta para que se le descubra, y la percepción. El desastre toma un cuerpo y se arroja al acto creador, como una regresión del mito de Pigmalión al acto creador que se multiplica en el espectador eventual. Ciertamente en esta pintura se agita el viaje a la inocencia y una discursividad deseante.

Ahora bien, como la obsesión es asedio, vale decir, la venida insistente de imágenes y lenguajes sobre el cuerpo, siempre consigue algo. Asimismo, la obsesión inspira, espira y expira una resistencia en forma de una libertad del yo. De todas maneras, lo creado por la obsesión al salir, debe desarraigarse del origen.

Aunque no basta la física de la expresión. El arte visual va mucho más lejos y al último lugar dónde quiero llegar, la poesía, es probable que vaya más allá del mismo más allá. Hay un desastre oscuro que se proyecta como la luz de la actividad. Entre la obsesión y la creación hay una especie de simbiosis que simplemente ocurre. Un síndrome de Estocolmo que se manifiesta en lo que tarda un acontecimiento en producir sus efectos.

La obsesión es la forma del otro como imagen, como símbolo. Pienso en la fórmula de Rimbaud “yo es otro”. Pero esta vez, no es eso. Tampoco es la desesperación de lo inmediato, donde no se puede dejar de ser uno mismo y donde no se puede ser el otro. En la pintura: al frente de las expresividades, hay gestos, cuerpos y escenas. Lo mismo que ocurre en la poesía. Ut pictura poesis.

Sin embargo, los efectos de cada cosa difieren. Solo como amor se pueden escribir nombres propios, así pasa con Fränzi. Lo extraño es que son los espectadores quienes se apoderan de la ausencia ajena, la niña de nueve años quieta y ensoñada, cautiva en un tiempo lejano, como si el espacio de la intimidad se redujese a una asíntota. De la obsesión de Kirchner a la maravilla de pues, un melancólico, que vio el cuadro más de cien años después de publicado. La obsesión de uno, en otro, es el dominio de una escena que se repite a sí misma.

En los bordes del trazo, del retrato, del texto, la obra se obliga a vivir sin artífice, pues la obsesión de éste se paga en el cuerpo de otro. La mirada nunca acaba, sino que se ofrece en la pintura misma o en otras composiciones igualmente obsesivas. Si se mira mucho en la obsesión, la obsesión acaba mirando dentro de uno.

29 jun-24 jul-2018

/Publicado previamente en revista Saposcat, 20182407

Monday, April 2, 2018

Esplín del viaje

Voy a abrir todas las ventanas. Ellas no necesitan de intervención, muestran todos los lugares que queremos en este mundo. Las ventanas dan a la vida, al mar, a las vidas perfectas en tiempos incómodos. Y tú, sufres por dentro, tu interior está llorando mientras acechas al almuerzo que compraste. No te lo dije, pero la comida es más honesta que cualquier cosa, cariño. Aquí estamos. En un improvisado segundo piso, miramos la vida pasar; transeúntes cómo se funden con la rutina, las micros cósmicas hechas prisa, el hambre de los taxis y los automovilistas hechos mierda. Y cuando miras por la ventana, quizás por la rendija que más te gusta, la que no necesariamente coincide con la mía, prefieres el escondite entre un instante que ocurrió y no volverá. No sé bien, el secreto es tuyo. Ya estoy algo perdido. ¿Te he dicho que en los tugurios de comida griega tengo las ideas más brillantes de mi ignorancia? No, cariño. Tampoco es necesario que lo sepas. Estas picás, como le llamamos en Chile, atraen el pensamiento y esa melancolía especial que resulta del paisaje y sus sombras. El viaje te distrae, te inscribe el azar y te escribe el destino. Viajas y nunca dejas de ser. Hablamos de la vida circular, ríes con tierno nerviosismo. No te gusta la rutina. A mí tampoco. Tragamos incertidumbre. Todavía no es tarde para envejecer y surcar los cielos, las aguas de este mundo. Comes. Los días nos debilitan, solo la noche nos permite mirar de frente. Reverberan las conversaciones ajenas. No sé de qué hablan. En el murmullo, vuelvo a pensar en tu viaje. Mientras tanto, hablas y hablas. Saboreo tus palabras. El viaje se hace utopía a cada instante. Viajas, sueñas, existes. Al viaje siempre retornas cuando no sabes dónde ir ni qué decidir. Tienes miedo. Si lo piensas mucho, a tus pies vienen las ciudades de agua. El azar se oculta y espera el momento. Piensas. Te interrumpes diciendo que hablas mucho sobre ti, para no seguir a la intemperie hecha belleza. Hablamos de los finales de película que no hemos visto. Reinventamos lo posible, capturamos el movimiento y vuelves a reír. El viaje, cuando ríes.

Tuesday, March 20, 2018

psiquis de los apuntes de una historia del conocimiento/


no es el día ni la noche
para quien piensa
en las posibilidades
de un ofrecimiento
incognito, es decir,
uno que no sea conocido,
pase desapercibido y bien,
separe
las fronteras que hacen vida
de la mar a donde van a dar los ríos,
es el instante de pugna, a solas,
entre concepciones de la lucidez
para decidir cómo seguir conociendo.

encierro: del latín claustrum /

Dos vidas se confrontan,
            queda en pausa el universo
no se sabe con certeza
donde confluyen
de frente,
si en una mente
            o en una escena corporal,
            lo cierto es que una pretende
            acabar con la otra.
            no hay vacíos para cantar
            un deseo ahogado por la desesperación.

de la lengua española: (el encierro en enclave masculino) m. acción y efecto de encerrar o encerrarse./ lugar donde se encierra./m. clausura, recogimiento./ prisión muy estrecha, y en sitio retirado, para que el reo no tenga comunicación./ la confrontación es inminente, o es uno o es el otro, sin duda que arrojándolo a la vorágine solitaria del instante en que el futuro es más incierto que nunca. y para terminar con el momento, menester es ofrecer holocausto. *-m. acto de llevar los toros a encerrar en el toril./ fiesta popular con motivo del encierro./¿por qué los taurinos? desde 1215, en segovia, hay festejo de esa expulsión al confinamiento. el encierro utilizado como arma para persistir en el daño. las aguas del encierro desembocan en el mactāre o un todo que comprende recompensar, castigar, asesinar y ofrendar. tras luchar, una victoria y una derrota se hacen explícitas. la derrota importa seguir conociendo, es la resurrección y previo a ésta, el encierro para restañar la vida y terminarla cuando se quiera. mejores son las derrotas y los fracasos que el regocijo del triunfo adormecedor.
2017

Tuesday, February 13, 2018

Lisboa, IIII

EN UN TRANVÍA por Lisboa
inquieto, me escupí
por la ventana
hasta evaporarme.

En la Figueira, en la terraza de un café
bebiendo delitos flagrantes, grabando caretas
la ginja en la barra, muerte súbita al pasar
por el Atlántico, pasear por el continente
hasta el Chiado, farolas, azulejos, fadistas
cantando, guardando la perplejidad del ocaso
estuve disparándome hasta la distancia,
la melancolía se abalanzó contra el lente
caímos en la fisura entre la ventana y el mundo.

No hay tristezas ni alegrías,
solo intervalos que el alma inventa
en homenaje a lo existente y lo ficticio
La ciudad es mi ficción favorita.
La ciudad de los turistas, panorámica y colosal.
La ciudad de los viajeros, aciaga y en construcción.
Las ciudades son complejas sensaciones de la vida y la muerte.
Las ciudades se aferran a las fotos, aún pendientes de migración.

Fuimos hasta Lisboa, en busca de sus preguntas
ajusticiando las distancias, encuadrando rostros ajenos,
convenciéndonos de los atardeceres y el inexorable resplandor.
Foto a foto; no se conserva una foto de quien no importa.
Se le obsequia cuando quieres mantenerla en el tiempo.
La Lusitania anterior al lenguaje se diluyó en un café,
con los ojos me respondí esto que aún no fotografío ni siento,
el ir y venir se hace guion en la película imaginaria de mi vida.
En movimiento, el conductor y la campana, al unísono:
“Santa Apolonia, última estación”
Todas las fotos tienen algo en común,
los viajes no, tampoco el día de mañana.
Solo soy capaz de escribir lo que va a pasar.

Wednesday, January 24, 2018

La risa

Esa risa   nadie más la tiene
con ella Madrid huele a París
y Valparaíso no es más que un sueño

Nadie más tiene esa risa
con ella los gatos sonríen
y los perros enloquecen por las pulgas

¿Tiene esa risa a nadie más?
con dos pupilas al amanecer
y las conversaciones al desayuno

Reír es nuestro momento de vitalidad

Thursday, January 4, 2018

Das ist kein Landstreicher, das ist ein Schreiber

Fragmentos y todo: la indignación y la sorpresa ante la muerte de alguien que consideramos (o podríamos considerar) parte de una serie de recuerdos y experiencias. Fragmentos, pues una visión de lo que no está presente frente a nuestra vista se deshace en muchas partes, por ejemplo, al intentar recordar –con dificultad- una determinada cosa, capturo algo. Todo es, en esta ocasión, una suma de los fragmentos con un cuerpo definidamente nítido. Los fragmentos: momentos de caminatas por el barrio Lastarria, por la calle Marcoleta e incluso, el parque San Borja. La enumeración no es más que un pretexto para fijar la geografía poética del Santiago que vio errar al autodenominado Divino Anticristo, fallecido hace un par de días. El todo: vidas ajenas, múltiples, de páginas y conversaciones encontradas, reunidas en un solo individuo a la intemperie. Santiago es un lugar donde las vidas a veces confluyen y en cada roce, se dañan o, simplemente, se ignoran como perfectos extraños. Así fue, la mayor parte del tiempo, el tránsito de José Pizarro Caravantes entre el cielo y el infierno.

La muerte, en el punto donde todas las verdades se tocan, los fragmentos y el todo vuelven en forma de testimonios que conforman un relato para inyectar vida a una ausencia. Ahí oscila, como si fuera el eterno retorno, la figura del Divino Anticristo; más allá de un cuerpo que, al igual que Caín, fue condenado por Dios a vagar por la tierra (o en otras traducciones, “errante y extranjero serás en la tierra”*)


¿Quién fue este Divino Anticristo del que hablo? Probablemente no un desconocido en el horizonte del recuerdo de muchos santiaguinos. Y en el ideario de algunos: el loco del carro, el viejo demente, el poeta marginal, un pobre hombre, para decir los que más veces se me han repetido en conversaciones. Él se definía comúnmente a través de metonimias como: El César Faraónico, el Príncipe de Alemania, el Científico de las Letras (en que se incluyen la literatura y la historia universal, junto a una amalgama compuesta por la sociología clínica y la psiquiatría extraterrestre), Isabelísima, el Secretario del Señor Diosísimo y el único representante de la Supercultura**. El poeta chileno Hernán Miranda lo retrató como “un despreciable clochard” apoderado de la palabra, en una de las transmutaciones poéticas más notables que he leído en el último tiempo. 

Una locura. Sostiene Michel Foucault que en la locura existe una ausencia de obra, precisamente la locura es contemporánea de la obra, abriendo las habitaciones de su intimidad, mostrándola verdaderamente. Cuando la obra nace y se desarrolla, la locura siempre se presenta y se hace responsable de aquello que la confronte***. Literariamente.

En el caso del Divino, la locura toma el báculo de la palabra y la propaga, a veces con sentido y coherencia, otras, a criterio de quien escribe, desprovista de rumbo. En la voz de Miranda, el Divino “no como un escritor de por aquí que posa de / gourmet y sueña con ser famoso como Neruda / u otros pretenciosos que conservan hasta sus bacinicas.” Estamos frente a una disyuntiva entre culpa y compasión frente al ser (o lo que fue) del Divino, ahí se confunden los niveles de reflexión y debate. 

Digresión: ¿Qué, si eres un loco, tienes que morir para ser objeto de discursos y textos? La historia de la humanidad ha decantado en absoluciones y condenas respecto de personas que han caído en la vorágine de las opiniones y la ciencia. En el caso del Divino, el tema psiquiátrico es algo delicado, pero contradictorio. A lo primero, los diagnósticos y estudios, son de cargo de los profesionales que evaluaron y trataron al ciudadano José (su ficha clínica, al igual que la de todos, es un documento secreto y reservado, protegido por la legislación vigente), cuestión sobre la que no abundaré ahora. Respecto a lo contradictorio, me hago cargo. De acuerdo a la Organización Mundial de la Salud (OMS), Chile registra un alto índice de depresión y ansiedad que está por encima del promedio mundial. A eso se le suma, la cantidad de personas que no ingresan en las muestras estadísticas, vale decir, aquellas personas que en su vida cotidiana ven precarizadas sus situaciones por los demás. En esta sociedad, la costumbre es responder con el guante de la indiferencia. A juicio de esta psiquiatría, el enfermo mental es removido del cuerpo social, o sea, marginado para que bien no represente un problema o pueda buscarse su sanación a través de la anulación de su voluntad. Una locura suficiente como condición de posibilidad de la exclusión o, en palabras más crudas, un inútil alborotador de los sentidos. Adiós a la integración.

El Divino no fue un vago, sino un escritor contra moda contra estereotipo contra escritorios ordenados contra premios literarios contra poleras piqué en la inhóspita geografía que encarna Santiago y que se vio impedido de morar entre cuatro paredes. En esa ciudad no solo están sus mejores recuerdos, sino que también parte de los míos. Cuando el ser humano decide o es obligado a, habita. Y cuando eso ocurre, se hace uno con las ciudades, con las islas, con los pueblos, con los tránsitos, con la historia… con todo lo que compone la tierra. En la escritura de un hombre, es posible que estén sus miedos y deseos. El resto, puede ser lo que envidia de la mujer. 

Mañana, el despreciable clochard será un recuerdo en vías de extinción y un escritor que no pasará entre generaciones. Espero equivocarme.  

octubre-2017

* Ref. Gn, 4: 12.
** Ref. El Divino Anticristo, ¿Quiénes serán los gobernantes del futuro? Santiago de Chile: Autoedición, 2010.
*** Ref. Michel Foucault, Historia de la locura en la época clásica, II. México DF: Fondo de cultura económica, 1998, pags. 295-302.